Mademoiselle Why Artwork

jueves, enero 21, 2010

Quiero ir a Nueva York

Imagino uno de esos momentos idílicos que algún día ocurrirán en mi vida:

Me veo caminando por las imponentes calles de Nueva York. Es uno de esos días fríos y nublados, de esos en los que la ciudad se ve plagada por gente con abrigos largos que sostienen vasos repletos de humeante café. Y sí, tal y como siempre había imaginado, Nueva York bulle de vida. Miles de personas caminan por la calle a toda velocidad, distraídas en si mismas, sin fijar la vista en el de al lado, sin chocar unos con otros, sosteniendo su bebida caliente... tan cercanos y tan lejanos que atrae y a la vez repele.

Con la cara roja por el frío y los ojos acuosos de no parpadear, de no querer perderme nada, avanzo llena de decisión. Estoy cerca de llevar a cabo uno de esos sueños estúpidos, sin ningún tipo de trascendencia vital, que pueden hacerte la persona más feliz del mundo durante diez escasos minutos. Habrás pagado un viaje carísimo y dado media vuelta al mundo, pero diez minutos de felicidad plena, incondicional, no tienen precio.

Cruzo 5th Ave y me planto delante de Central Park. Busco ansiosa con la mirada y, al verlo, me quedo paralizada. Noto como el corazón bombea furioso, como el calor se extiende a mi cara y mi garganta se seca. Tiemblo al pensar que todas las expectativas que me he elaborado a lo largo de mi vida queden destruidas al dar este paso, pero debo hacerlo. Me acerco, cojo aire y pido un perrito caliente.

Sí, me compro un jodido y delicioso perrito caliente de un puesto ambulante en Central Park. Uno de esos deliciosos manjares que tantas veces he visto degustar a los protagonistas de las películas: mostaza, ketchup, aquellas cosas sin identificar, salchicha y pan. Aunque no sea una esquisitez de los maestros cocineros, ni una comida de lo más glamurosa, me imagino sosteniendo esa delicia e hincándole el diente con hambre canina, casi apasionadamente. Si entonces descubro que el sabor es tal y como me lo imagino es posible que rompa a llorar de felicidad. De absurda felicidad.

Para ser más concreta sería en este puesto:


Ahora os toca a vosotros: quiero vuestros deseos más absurdos. :)

martes, enero 12, 2010

La religión de la política

Una de las cosas que más me desesperan de este mundo es la gente que se toma la política como una religión. Las personas que son de un partido u otro por herencia familiar y que siguen su color totalmente cegados por aceptar, idolatrar, ideas que muchas veces se contraponen a sus intereses. Tienen fé: no cuestionan, no preguntan y creen. Creen con una devoción profunda que poseen la verdad absoluta y se irritan, exaltan, al encontrar opiniones distintas a su credo. Entonces, cierran su mente, se estancan y no sólo no escuchan al resto de personas, sino que intentan imponer sus ideas elevando la voz, ridiculizando, insultando, falaciando... Iniciarían una Guerra Santa si pudieran.

¿Es que estamos tontos?

No, creo que me he expresado mal: ¿Es que estamos gilipollas?
¿Qué ha pasado? ¿Dónde está el espíritu crítico? ¿Quién mató la mente del pueblo? ¿Qué ha sido lo que nos ha jodido la capacidad de relacionar las ideas políticas que tanto defendemos con lo que implicaría su aplicación en la realidad? ¿Quién ha transformado la política en una puta religión?

Me temo que nuestros sucesivos Sistemas Educativos se han olvidado de enseñar a ser críticos, a formar opiniones informadas, a ser capaces de ver qué políticas defienden nuestros intereses y, sobre todo, a argumentar (algo que demuestra una reflexión, un conocimiento, una fundamentación sobre lo que se está hablando) y a escuchar (que no es lo mismo que oír) y respetar las opiniones de los otros.

No nos han enseñado a pensar en vez de creer.

Pd.: Siento que mi primer post del año sea un poco espeso y sobre política... ¡Feliz 2010! :D