jueves, octubre 28, 2010

Prácticas matutinas

Tengo que admitirlo: insultar a los otros conductores es placentero. Aunque ellos no me oigan me llena de gozo cebarme en ellos.

Despotricar es un arte milenario, es pura poesía. No es sólo por la riqueza de tacos que pueda poseer un idioma, sino por la capacidad del poeta de la injuria de generar nuevos improperios de la nada. Insultos originales y genuinos de su habilidoso creador: maravillosas muestras de genialidad humana.

La receta del insulto artístico tiene como base no ser malhablado, ser original, discreto y, sobre todo, tener chispa. Cualquier maldición hecha con salero puede hacer que la imprudencia que casi acaba con tu vida pierda importancia. ¿Cómo enfadarse si te estás riendo? ¿Y qué mejor lugar para practicar que durante la conducción? Porque... no es por nada, pero la gente debería aprender a conducir.

Así, disfrutando enormemente de esta actividad, cada mañana me dedico a entrenarme en esta hermosa disciplina. Cojo aire, me concentro y me paso todo el trayecto maldiciendo a todos los conductores ineptos de las proximidades. Desestresa, despeja y hace reír.