Carece de sentido enredarme (y enredaros) explicando cómo son las calles y los edificios de Praga; hablaros de la belleza de cada uno de sus templos; de la riqueza arquitectónica y artística; la amabilidad de sus gentes; los detalles curiosos y sorprendentes y todo aquello en lo que se diferencian de nosotros siendo tan parecidos. Es estúpido plasmar mi impresión aquí con la intención de tentaros ya que cada país, cada lugar, tiene la capacidad de imprimir una huella distinta en cada uno. Todo depende del momento en el que te encuentres, tu predisposición a arriesgarte a conocer, tus expectativas... y un largo etcétera de condicionantes que pueden hacer que ames u odies una ciudad.
Por mi parte me encontré ante la paradoja de que me sorprendieron gratamente los lugares que creía sin apenas interés y me dejaron fría los que siempre anhelé visitar. A pesar de todo la impresión final fue muy buena, excelente, y sin duda algún día repetiré destino. Por algo me uní a la superstición y me entretuve a acariciar el perro de
Karluv most, a ver si a la vuelta mi candado sigue en su sitio.
Salgo horrible en la foto pero me hacía ilusión: apreciad el tamaño de mis ojeras (llevaba antiojeras xD).
La leyenda dice que si acaricias al perro volverás a la ciudad... si tocas a la Santa (que se encuentra tras mi cabezón) te quedarás embarazada ese mismo año. Lógicamente a la Santa ni la miré no sea que me preñe sólo por eso.
Cuando uno viaja puede optar por diferentes alternativas
alimenticias: ser conservador y sobrevivir a base comidas que puedes degustar en cualquier otro sitio... o aventurarte en la gastronomía típica y arriesgarte a morir del horror y del asco.
¿Qué escogí yo las veces que comimos en restaurantes? Pedir lo más raro que encontrara en la carta, lo que
difícilmente encontraría en España y, preferiblemente, aquello que no tuviera traducción. No sé cómo lo hice pero acerté de lleno en cada uno de los platos, ¿será que la cocina checa es
cojonuda?
Golubci: fue el primer plato que probé. Consta de carne picada, cebolla, zanahoria y arroz enrollado con col. Fue una apuesta arriesgada ya que creo que la col es obra del diablo... pero sorprendentemente estaba bueno, de puta madre.
Pancakes: lo pidió
Psicótica y para mi sorpresa no resultaron ser tortitas americanas. El plato constaba de tres
crêpes con rellenos distintos (espinacas, carne y col -¿qué tendrán los centro-europeos con la col?-). Probé las tres
crêpes y sin duda la mejor era la de carne.

Svíchková na smetané: el plato más cerdo y delicioso que he probado en mi vida. En serio, da asco pensar en la mezcla de sabores pero es, sin duda, un acierto maravilloso... y curiosamente es un plato típico. Era un filete de ternera asado con una salsa dulce de zanahoria, nata y arándanos. Casi me pongo a llorar al comérmelo.
Jamón de Praga: paso de buscar la traducción al checo porque me decepcionó muchísimo. Había leído que era un jamón curado con nata que era imprescindible degustar... y descubrí que su sabor era idéntico al del jamón
york ahumado. Una lástima.
Trdlo: también llamado
trdelník es un rollo dulce que venden en los
puestecillos de la calle. Vale la pena aprender a
pronunciarlo ya que recién hecho puede provocar orgasmos gustativos. Después de comerme uno podría morir y lo haría siendo plenamente feliz. Con el
trdlo lloré de emoción, para qué negarlo... y sólo por 2€.
Comerlo recién hecho es una experiencia religiosa.
Según me ha comentado una amiga se ve que hay un hombre que los hace en un mercado de la isla, que al menos tienen el mismo aspecto... creo que iré a mirar si son los mismos. Si lo son me pasaré por el pueblo cada sábado a comerme uno. xD
Royal Chiken: el nombre en checo no lo recuerdo y dudo mucho que sea un plato típico... pero pasé un gustazo de esos que hacen historia. Una pechuga de pollo, una loncha de jamón de
Praga y un poco de queso a la parrilla pueden hacer milagros.
Tabla de cinco quesos desconocidos: ni idea de qué clase eran pero todo queso es bienvenido a mi estómago, sea cual sea su procedencia o grado de putrefacción.
Sopa random: en realidad tiene otro nombre pero la
bautizaremos así porque la receta es muy fácil. Coges caldo de pollo Gallina Blanca y le pones todo aquello que pilles por la despensa sin pensar en las consecuencias. La nuestra tenía fideos, carne, zanahoria, maíz y guisantes. Por raro que parezca el resultado es muy bueno y sienta fenomenal tras un día de llovizna y frío inesperado tras unos días de calor agobiante y asfixiante.

Y en
Dusseldorf, tal y como comenté en el post anterior, pudimos saborear
pretzels alemanes de verdad... que nada tienen que ver con la receta que tengo.

Otras maravillas que pudimos probar fueron la crema de leche agria,
pizza de horno en microondas y el
pa amb oli que en vez de aceite llevaba vinagre... pero eso ya es otra historia.