No puedo soportar la intriga, el no saber las cosas. El hecho de que se me oculte cierta información, aunque sea una tontería, o que alguien tenga un regalo para mí y no saber qué es me pone muy nerviosa.
Si la cosa queda en un simple comentario no pasa nada, mis nervios lo soportan y logro olvidarme del tema con facilidad. Sin embargo, si la persona saca el tema constantemente, me lo recuerda e insiste en que no me lo va a decir... cuanto más tiempo lo hace y con más insistencia más mala me pongo, hasta llegar al punto de que el no saber esa información me produce lo que se conoce normalmente como ansiedad (opresión en el pecho, dificultad para respirar, rigidez muscular, obsesión...).
Desde que empecé una relación de retozo estable con Worm estoy curada de espanto. Enterarse de mi pequeña tara ha sido lo mejor que le ha ocurrido en la vida, ya que goza hasta límites insospechados metiendo el dedo en la yaga y haciéndome sufrir.
Cuando os cuento todo esto no tengo en cuenta cómo me tortura cada vez que ha de hacerme un regalo y me avisa con un mes de antelación de que ya lo tiene en casa, no. Si pensáis que es lo máximo que me puede hacer le subestimáis, él es un verdadero artista en provocarme ansiedad.
Os pondré un ejemplo:
Hace cuatro años, estaba vegetando en los bancos de la universidad cuando me llegó un sms de mi tumorcito. ¿Su contenido? Cuatro números. Cuatro putos números sin ningún sentido. Cuando le vi le pregunté el significado de tan extraño mensaje y me dijo que lo buscara en Internet. Después de una búsqueda intensiva de semanas, me siguió insistiendo con el número, si lo había averiguado ya y, ante mi negativa, se negó en rotundo a decírmelo.
Hace dos años me dijo que cuando me olvidara del número me diría el significado. Olvidé el número.
El año pasado que me lo diría cuando me olvidara del asunto. ¡¿Pero cómo me voy a olvidar si me has creado una puta obsesión?! ¡Si es recordarlo y costarme respirar!
A día de hoy, más de cuatro años después del suceso, sigo sin saber qué quería decir. Sé que cuando esté en mi lecho de muerte, demacrada y enganchada a un respirador, utilizaré mi último aliento para preguntarle una última vez. Sé que entonces me mirará conmovido, se inclinará suavemente sobre mí, cogerá mi mano y dirá: "búscalo en Internet".
Sí, voy a morir sin saberlo, lo tengo asumido.
¿A qué viene todo esto?
En capítulos posteriores.

