La Navidad tiene una doble vertiente. Por una parte es una época de felicidad, de festividad, de turrones. Quedamos en familia y reímos los buenos momentos del año. Nos abrazamos, nos ponemos cariñosos y paseamos disfrutando de las luces navideñas y del buen rollo. Dirán que es hipocresía quedar con familiares que no solemos ver, pero la realidad es que la Navidad tan sólo es la excusa para hacerlo... para poder querernos sin tener que preocuparnos de nada más, para poder vernos sin plantearnos si el otro tendrá cosas mejores que hacer o sin sentirnos incómodos por la falta de contacto.
Por otro lado tomamos consciencia, por desgracia. Nos damos cuenta de los que no están aquí este año y, sin apenas percibirlo, algo muy lúgubre se apodera de nosotros, ¿quién seguirá aquí el año que viene?. Lo que creíamos superado surge de nuevo por nada, por apenas una palabra, por expresar algo que pensamos en voz alta por primera vez y, sin darnos apenas cuenta, todo brota en un torrente incontrolable. Y aunque sigamos hablando con normalidad y sonriendo no podemos evitar que los ojos se nos deshagan en lágrimas. Intentamos disimularlo pero nos hemos dado cuenta... hemos tomado consciencia de que estamos rotos, de que todo nuestro mundo se sostiene sobre una fragilidad aterradora y ante la que nos sentimos desolados y terriblemente solos. Tomamos consciencia de que estamos jodidos, desgarrados, de que el vacío que nos han dejado no se llenará a base de evitar hablar o pensar en ello. Nos percatamos de que simplemente la vida no sigue inmutable tras su marcha, sino que el cambio es tan radical que nos asfixia y atrapa en una espiral de la que se tarda mucho tiempo en salir. Surge todo de golpe, como un latigazo, e inesperadamente una de las épocas más felices del año se torna tan amarga que te es difícil seguirla saboreando.
Y una vez dicho esto... espero volver a ser persona mañana y que los polvorones vuelvan a saberme a gloria y no a mierda.
Feliz Navidad y todo eso.





