Ayer Worm publicó una interesante entrada sobre sus experiencias en los lavabos de su empresa. El pobre acudió a la llamada de la naturaleza y se encontró todas las puertas de los baños cerradas sin saber si estaban ocupadas o no. Su solución: Worm en busca del Retrete Maldito, jugar al prueba-error puerta a puerta hasta conseguir descubrir un universo visual desconocido que dudo que tarde poco tiempo en olvidar.
Su dura experiencia le hizo llegar a la conclusión de que ser mujer es muy duro, ya que nosotras estamos condenadas a sufrir cada día el mismo dilema de las puertas.
Ilusos... ¿en serio os creéis que esas nimiedades nos turban lo más mínimo? El no saber si al abrir una puerta encontraremos Yola Berrocal dando rienda suelta a su esfínter no nos afecta lo más mínimo. ¡No es nada comparado a los peligros a los que nos enfrentamos! Os voy a desvelar el gran secreto: para la mujer los baños públicos son un medio de selección natural. Os aseguro que las más débiles están condenadas a un destino trágico, a ahogarse en un mar de pipí.
Cuenta la leyenda que toda dama cuyas posaderas rocen la porcelana de un váter público muere de un inminente cáncer de culo. Nadie sabe si el mito es cierto porque, o bien ninguna ha querido ser la primera en intentarlo, ninguna ha sobrevivido para contarlo o aquellas que han osado sentarse en la taza guardan con recelo su gran secreto a causa del rechazo social que ello conllevaría. Tan socialmente arraigada está esta creencia que posiblemente ningún inodoro femenino público ha experimentado jamás el tacto de unas nalgas de nuestro sexo sobre él.
Para nosotras ir al baño significa volvernos protagonistas de un espectáculo circense. Bolso y chaqueta en mano hemos de dar uso de todas nuestras habilidades como acróbatas para mantener el equilibrio sin que ninguna parte de nuestro cuerpo entre en contacto con el trono infernal que nos condenaría a una muerte segura. Si a esto le añadimos la posibilidad de que no haya pestillo, nuestras posibilidades de supervivencia se reducen un 50%. Aunque los gobiernos lo oculten, miles de mujeres mueren cada año en aseos públicos por partirse la crisma intentando conservar su virginidad traseril.
Sin embargo, donde se encuentra el mayor riesgo es en los servicios de pubs y discotecas. En esos lugares puedes encontrar cosas que no osarían aparecer ni en tus más retorcidas pesadillas. Allí el peligro es incalculable ya que, inexplicablemente, hay gente que orina en forma de aspersor y deja aquel lugar digno de ser considerado zona catastrófica: orín, orín por doquier. Suelo, taza, paredes... ¿cómo mantener el equilibrio sin ningún punto de apoyo? Nuestra supervivencia se reduce al 5%.
Pero no, señores míos, eso no es lo peor que he llegado a ver. Lo más horrible que he podido experimentar nunca es hacer una cola de quince minutos para encontrarme con esto:
Sí, le hice una foto. Mi instinto de conservación me impidió intentar hacer nada, pero le saqué una foto para poder mostrar al mundo el horror más absoluto.
El que inventó los váteres de metal merece que le cosan los pezones a los dedos de los pies. Si miras uno de ellos puedes ver toda su historia, desde el pipí primigenio hasta el que hace doscientos mil. Es como los anillos de un árbol... sólo que en vez de años puedes contar cuántas usuarias han recurrido a sus servicios. Sí, los de porcelana provocarán cáncer, pero el contacto con uno de metal hace que muramos de combustión espontánea.
Y vosotros preocupándoos porque alguien entable conversación con vosotros falo en mano. Si es que...
Y vosotros preocupándoos porque alguien entable conversación con vosotros falo en mano. Si es que...

