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jueves, marzo 14, 2013

Televisión nocturna

Ver la televisión de noche es un deporte de riesgo. Uno de los mayores peligros que sufren las personas con insomnio es descubrir la programación que se esconde más allá de la medianoche, ya que aunque de día la tele pueda calificarse como una auténtica y genuina mierda, lo cierto es que durante las horas de sol las cadenas procuran emitir cosas que no transgredan excesivamente lo socialmente aceptado. Sí, podemos encontrar abortos mentales como Mujeres, hombres y viceversa o Gandía Shore que nos obligan a plantearnos el nivel de degradación de la humanidad y la urgente necesidad de extinción de la especie, pero por mucho que nos indigne o nos duela intelectualmente, podemos mirar la pantalla sin sufrir arcadas o desear acabar con nuestras vidas. Si las asociaciones de padres aún no se han quejado será porque la estupidez supina ya se ha asumido como inevitable y ya no vale la pena preocuparse por ello. Afortunadamente, la programación de día incita al asesinato, no al suicidio.

En cambio, a partir de medianoche la televisión sufre lo que llamaremos el Síndrome de Cenicienta: se acaba la magia y las apariencias y surge lo que realmente define a nuestra sociedad, un bizarrismo inmenso, descomunal, que parece no tener fin. Ver la programación nocturna es uno de los mayores ejercicios de masoquismo que existen. Y no, no es a causa del porno (ojalá), me refiero a la emisión de engendros como Pink Flamingos, una película de 1972 considerada de culto que se ha ganado a pulso mi premio personal a la alucinancia por ser una de las desgracias cinematográficas más perturbadoras y repugnantes que he llegado a ver a lo largo de mi vida. Peor que Kibris, con eso lo digo todo. Es una película de humor en la que lo único gracioso es observar la expresión de incomprensión y desamparo de las personas que la están viendo.

No es sólo que el film sea malo en todos y cada uno de los aspectos posibles, no, hay algo más. Tiene una esencia propia e indiscutible, es una cinta tan incómoda y dolorosa mentalmente que la visión de un ojete cantante supone hasta un alivio para el torturado espectador. Es de culto porque es difícil repetir un malparto semejante sin sentir ningún tipo de culpabilidad o empatía por aquellos desdichados que se toparán accidentalmente con ella. Es la definición pura y genuina de basura.

Hasta esta noche estaba convencida de que las sesiones de cine gore que organizaba mi hermano cuando era pequeña me habían inmunizado a las sensaciones de repugnancia y asco, pero no. Se ve que me hago mayor o que la falta de práctica me ha reblandecido: Pink Flamingos ha conseguido que aparte la mirada de la pantalla mientras intento controlar las arcadas. Todo gracias a la técnica de sobresaturarme de situaciones surreal-repulsivas que va in crescento hasta llegar a su culmen en la escena final, más gratuita imposible, en la que nos regalan una secuencia en la que Divine recoge las heces que va defecando un perro, recién salidas de fábrica, y se las come... jugosas y calentitas, como más deliciosas están, dedicándonos sus mejores sonrisas con caca de perro en la boca. Y sí, se come la mierda de verdad.


  • Nota del film: -10 puntos.
  • Recomendada a: 
    1. Desequilibrados mentales.
    2. Fans del "trash-cinema" que quieran ponerse a prueba viendo una de las peores películas de la historia.
    3. Fans del cine gore... por probar cosas nuevas.
    4. Trastornados que quieran traumatizar a amigos o hermanos pequeños.
    5. Personas que quieran reírse de la cara de la gente que la ve.
    6. Perturbados que disfrutan de las desgracias ajenas, para que sufran un poco y equilibrar el karma del Universo.