Mademoiselle Why Artwork

miércoles, abril 29, 2009

Lo hice

Lo acabo de hacer. Hace años que no lo hacía pero el destino me ha arrastrado a ello y, ya que estaba, lo he hecho con ímpetu, con decisión, con toda mi alma, con el pie izquierdo: he pisado La mierda.

Y si la llamo así es porque no me refiero a una boñiga cualquiera. No, esta debía de tener nombre propio. Desde luego no era uno de esos monumentos perrunos que se olvidan con facilidad, sino uno en los que descubres que sabes insultar en chino mandarín y arameo. Me he hundido hasta las rodillas, un poco más y muero ahogada en un mar de caca. Aún me pregunto cómo se lo hubieran dicho mis padres a mis abuelos.

Me ha venido a la miente mi querida tía. Era especialista en pisar deposiciones caninas. Cada vez que lo hacía en mi presencia se reía y decía que daba buena suerte, que a veces las pisaba aposta para ver si algún día le tocaba la lotería. Siempre la he valorado por su inquebrantable fe hacia la religión de los detritos, ya que aunque ella sola haya pisado alrededor de mil ejemplares conservando el mal azar habitual nunca ha dejado de creer.

Es posible que si me hubiera convertido a sus creencias en el momento adecuado me lo hubiera tomado mejor. Quizá hasta me hubiera reído. Lo que es seguro es que no me habría embriagado un tsunami de frustración, enfado, ira y odio. No me habría imaginado atragantando al dueño del can con un puñado de mierda, ni haciéndole pisar los restos descalzo como si fueran uvas.

En cambio estoy aquí: atea y blogger cabreada. Hagamos una fiesta.

lunes, abril 27, 2009

Sobredosis de zombies

Este sábado experimenté las consecuencias de una sobredosis de historias de zombies.

En la última semana he hecho una sesión intensiva de dos cómics de temática zombie: Highschool of the dead, un manga un poco mediocre, y The walking dead, un cómic americano realmente bueno. Aunque su lectura tan sólo provocase momentos de tensión/intriga sin llegar al miedo, me sensibilizó en ciertos aspectos que los films del género nunca habían logrado alcanzar.

The walking dead me hizo comprender que muchas de mis estrategias planificadas de supervivencia no serían efectivas en ciertos casos y que muchas veces las personas son mucho más peligrosas que los muertos vivientes.

Para rematar mi estado de susceptibilidad hacia el tema, el sábado por la noche vimos El diario de los muertos (una obra de Romero que no se estrenó en España). La película era un documental grabado por un estudiante de cine que aprovechaba el apocalipsis zombie para hacer un reportaje de lo que sucedía, cómo afrontaban los hechos sus compañeros y sobrevivían. Aunque la película en si pecaba de ser mala y algunos efectos gore eran demasiado falsos, el formato tipo documental cámara en mano -sin llegar al mareo producido por películas como Rec- daba cierto efecto de veracidad a la historia, como si todo lo que se mostraba estuviera ocurriendo realmente en ese preciso instante. Este fue el último chute de adrenalina de origen zombie fue la que me provocó la sobredosis y comprendí que un exceso del género de terror puede provocar extraños estados de paranoia y nerviosismo.

El primer síntoma lo sufrí en el oscuro pasillo de la casa de mi novio tras salir del baño. Una sensación de que algo iba a salir de la oscuridad y a morderme un ojo me empezó a provocar temblores que me hicieron poner pies en polvorosa.

De vuelta a casa me fui cruzando con los borrachos habituales del fin de semana, gente muy maja que se tambalea de un lado al otro y conversan entre ellos mediante sonidos gurgutales. Cuando llegué a Olmos (una calle comercial muy larga que hace cuesta abajo) divisé un sujeto que se movía de forma idéntica a un zombie: no sólo se tambaleaba, sino que arrastraba una pierna y tenía la cabeza echada hacia atrás -como si se moviera por inercia y no por voluntad propia-. Al principio el chico en cuestión me pareció bastante cómico, pero en el momento en el que nos íbamos a cruzar decidió dejar de caminar hacia delante e hizo una diagonal directa hacia mi. Me asusté, pensé que me iba a morder, así que me aparté sigilosamente hacia un lado y logré que el muerto siguiera su camino sin percatarse de mi presencia.

Llegué a casa con los nervios un poco más alterados de lo normal y, cuando me disponía a meter la llave en la cerradura del portal... ¡zas! Alguien abrió la puerta.
Grité y mi vecino se descuajarringó de la risa... y más aún al justificar mi susto diciendo que había estado viendo películas de zombies.

Queda claro que cualquier cosa en exceso es mala para la salud.

Pd.: Me ha hecho mucha gracia la foto del gatito zombie porque una vez soñé que varios de ellos me mordían los tobillos.

miércoles, abril 22, 2009

El hentai y mis diferencias culturales

A todo el mundo le llega un momento en la vida en la que le da por leer o ver Hentai y enciende su ordenador intrigado por el extenso mundo de la pornografía japonesa dibujada. Es, en ese preciso instante, en el que todos nos quedamos con la misma cara de pánfilos y exclamamos al más puro estilo Obelix: "Están locos estos japoneses".

Dejando de lado la deformidad anatómica de las mujeres y lo absurdo de los argumentos, lo que realmente impresiona son pequeños detalles parafílicos que suelen predominar en sus historias. No es que sexualmente tenga la mente cerrada (los que me conocéis en persona lo sabéis bien), ni que influencias religiosas me hagan rechazar según que prácticas sexuales... Más que nada es que algunas cosas no me ponen: me dan mucho asco.

Por ejemplo, nos podemos encontrar series como Milk Mamma. Esta muestra como madre e hijo mantienen relaciones sexuales para poder extraer la leche de los pechos de la mujer (ya que sigue lactando a pesar de que su hijo es un adolescente y a veces le duele). Si ya de por si me da asco el incesto, el autor pone la guinda final suponiendo que las mujeres en estado de lactancia expulsan leche a modo de manguera cuando llegan al orgasmo mientras gritan "mis pechos se están corriendo". Me parece ridículo.

Pero no, el incesto no es un tema aparte en el extenso mundo del hentai: es algo habitual. No sé que clase de obsesión tienen los japoneses con fantasear con sus madres y con tener tríos con sus hermanas gemelas, pero es algo común en muchas, muchísimas, series de este género. Desconozco si todo esto es producto de una fuerte represión sexual durante toda su vida (o al menos es lo que te dan a entender en los mangas normales en los que se emocionan sólo con cogerle de la mano en su pareja), que los que escriben este tipo de cómics tienen un gran trauma, que sólo llega lo rarísimo hasta aquí o que todo es producto de influencias culturales que me son totalmente extrañas.

Porque si a eso le juntamos los penes con forma de cerdito Pchan y las mujeres con pene (de un hentai de Ranma...¡Y en el mismo capítulo!) he de decir que nos encontramos ante un mundo totalmente incomprensible que a mi me corta la libido, me la tira al suelo y la patea sin piedad. Y cuando digo "sin piedad" es que pierdo el deseo sexual para al menos dos semanas.

jueves, abril 16, 2009

Cementerio de los Capuchinos

En mis arduas tareas de Semana Santa encontré y pasé al ordenador multitud de fotos de mi adolescencia. Entre ellas se encontraban las fotos del viaje de estudios a Roma de primero de bachiller.

Ese viaje significó mucho para mi. Quizá fuera porque salí por primera vez del país, por los enormes y maravillosos helados de chocolate, por pasear por aquella pequeña pero maravillosa ciudad y asombrarme ante la belleza de las ruinas, o por la primera pérdida de alguien cercano a mi. Ojalá pueda volver algún día.

Siempre que hablo de este viaje no puedo evitar hablar sobre lo increíble y tétrico que me pareció el Cementerio de los Capuchinos mientras la gente me mira con incredulidad. Pues bien, encontré la prueba irrefutable de que aquel extraño lugar existe:


Está en Via Veneto, 27, Roma.

Al entrar tienes que dar la voluntad y te prohiben rotundamente hacer fotos (igualmente la luz te lo imposibilita a menos que lleves un trípode)... Eso sí, venden las postalitas.

Espero que mis compañeras de clase (Daria y Juana) se pasen a mirar un rato, vale la pena.

martes, abril 14, 2009

Intervalo temporal

Hoy he sido una buena chica y he dedicado el día a hacer algunas tareas que me había propuesto para esta Semana Santa. Sorprendentemente he descubierto que el hacer cosas te inspira para escribir en el blog...

¿Tendría que buscarme una vida?

Mi primera actividad ha sido la de buscar, seleccionar y escanear las fotos de aquella época en la que no existían las cámaras digitales.

Aunque parezca ridículo, a veces siento que hemos nacido en el intervalo de dos épocas. Todo porque estuvimos aquí cuando los VHS pasaron a ser DVDs (y ahora vienen los Blue-Ray), el antes y el después del "boom" del móvil, la popularización de internet, los módems que cantaban cuando te conectabas, el cambio de la peseta al euro, el paso de los walkman de cassete a los de CD, los MP3, los MP4...

Amigos... ¡Hemos vivido el antes y el después de la Playstation! ¡Alucinamos con sus gráficos! ¡Con el 3D!

Ya asumo que cuando sea vieja y le cuente a los nenes trampa todas estas cosas me mirarán con la misma cara con la que miro a mi padre cuando me explica la historia del Arroz en bicicleta: mueca de cansancio y ceja levantada.

Porque claro, ellos ya vivirán en el mundo de la realidad virtual, de los chips en el cerebro, del primer Papa de color. Ellos serán de otra época y nosotros, la súper generación tecnológica, tendremos que pedirles ayuda para configurar nuestro proyector de hologramas.

E igualitos que nuestros padres leeremos las instrucciones con los ojos achinados y las gafas haciendo equilibrios en la nariz.

lunes, abril 06, 2009

El restregador de cebolletas

El termino "restregador de cebolletas" se le aplica a aquellos hombres cuya técnica de seducción en lugares de marcha es pegar sus genitales a las nalgas de bailarinas totalmente desconocidas. Generalmente se les encuentra en pubs de música latina, pop y esa música que bailarla no suele significar agredir al prójimo.

Imaginad la situación: Estás con un grupo de amigas haciendo el paripé y bailando los últimos éxitos de Operación Triunfo (estás borracha, has perdido todo criterio musical) cuando notas un escalofrío, una presencia y, ¡zas!, algo desagradable roza tu nalga izquierda. Allí está, tras de ti, un claro ejemplar de restregador de cebolletas bailando emocionado con tu espalda, moviendo su pelvis seductoramente alrededor de tu culo y, aunque tú no lo veas, con una ceja levantada, un tupé a lo Johnny Bravo y una sonrisa triunfadora. Un primer gesto de acercamiento que si no es contrarrestado con un desmarque rápido puede derivar en un restregamiento extremo si por desgracia la siguiente canción pertenece al género del reggaeton (doble desgracia).

A pesar de todo recordemos que este ejemplar no baila contigo, baila con tu nuca. Así que, cuando te apartes hacia un lado, no dudará ni un instante en pegar sus genitales al trasero de la fémina que se encuentre a menor distancia. Esto significa que si estás en un grupo de chicas el restregador de cebolletas irá alternando el frotamiento de su arma del amor una por una hasta que vilmente consigáis que se vaya al trasero de una dama ajena al grupo.

¿Tendrá éxito algún día? Quién sabe... Aunque la opinión general de las mujeres es que un acercamiento así merece una tanda de palos, siempre habrá una pequeña parte de la población que considere que es la mejor técnica de seducción. Personalmente no la aconsejo.

Saber si alguien de tu grupo es pertenece a este grupo de seductores es fácil. Salid de marcha un día en un grupo de chicos y chicas y danzad en círculo. ¿Veis al que os está dando la espalda dirigiendo su baile al grupo de jovencitas desconocidas que le dan la espalda? ¿Veis que se va saliendo del círculo para aproximarse a ellas? ¿Veis como ellas huyen? Ese es.