
Este sábado experimenté las consecuencias de una
sobredosis de historias de zombies.
En la última semana he hecho una sesión intensiva de dos
cómics de temática zombie:
Highschool of the dead, un manga un poco mediocre, y
The walking dead, un
cómic americano realmente bueno. Aunque su lectura tan sólo provocase momentos de tensión/intriga sin llegar al miedo, me sensibilizó en ciertos aspectos que los
films del género nunca habían logrado alcanzar.
The walking dead me hizo comprender que muchas de mis estrategias planificadas de supervivencia no serían efectivas en ciertos casos y que muchas veces
las personas son mucho más peligrosas que los muertos vivientes.
Para rematar mi estado de susceptibilidad hacia el tema, el sábado por la noche vimos
El diario de los muertos (una obra de Romero que no se estrenó en España). La película era un documental grabado por un estudiante de cine que aprovechaba el apocalipsis zombie para hacer un reportaje de lo que sucedía, cómo afrontaban los hechos sus compañeros y sobrevivían. Aunque la película en si pecaba de ser mala y algunos efectos
gore eran demasiado falsos, el formato tipo documental cámara en mano -sin llegar al mareo producido por películas como
Rec- daba cierto efecto de veracidad a la historia, como si todo lo que se mostraba estuviera ocurriendo realmente en ese preciso instante. Este fue el último
chute de adrenalina de origen zombie fue la que me provocó la
sobredosis y comprendí que
un exceso del género de terror puede provocar extraños estados de paranoia y nerviosismo.

El
primer síntoma lo sufrí en el oscuro pasillo de la casa de mi novio tras salir del baño. Una sensación de que algo iba a salir de la oscuridad y a morderme un ojo me empezó a provocar temblores que me hicieron poner pies en polvorosa.
De vuelta a casa me fui cruzando con los borrachos habituales del fin de semana, gente muy maja que se tambalea de un lado al otro y conversan entre ellos mediante sonidos
gurgutales. Cuando llegué a Olmos (una calle comercial muy larga que hace cuesta abajo) divisé un sujeto que
se movía de forma idéntica a un zombie: no sólo se tambaleaba, sino que arrastraba una pierna y tenía la cabeza echada hacia atrás -como si se moviera por inercia y no por voluntad propia-. Al principio el chico en cuestión me pareció bastante cómico, pero en el momento en el que nos íbamos a cruzar decidió dejar de caminar hacia delante e hizo una diagonal directa hacia mi. Me asusté,
pensé que me iba a morder, así que me aparté sigilosamente hacia un lado y logré que el muerto siguiera su camino sin percatarse de mi presencia.
Llegué a casa con los nervios un poco más alterados de lo normal y, cuando me disponía a meter la llave en la cerradura del portal...
¡zas! Alguien abrió la puerta.
Grité y mi vecino se descuajarringó de la risa... y más aún al justificar mi susto diciendo que había estado viendo películas de
zombies.
Queda claro que cualquier cosa en exceso es mala para la salud.
Pd.: Me ha hecho mucha gracia la foto del
gatito zombie porque una vez soñé que varios de ellos me mordían los tobillos.