martes, junio 23, 2009

E-mail queja al ayuntamiento

Esta tarde no he podido más y le he mandado el siguiente mail de queja al ayuntamiento de Palma:

"Buenos días.

Escribía este e-mail para informar que las obras que se están realizando en la Calle XXXX (Plan-E) han dejado fuera de servicio todas las papeleras de la calle ya que al estar rodeadas de barreras son inaccesibles para los viandantes.

Tengo dos perros y cada vez que hacen sus "cositas" me veo obligada a rezar para que lo hagan en una zona en la que pueda usar alguna papelera o a dar una vuelta enorme buscando una disponible con aquello en la mano. Como comprenderán no es una situación agradable.

Por otra parte, las papeleras inaccesibles fueron utilizadas al principio de las obras y ahora mismo se encuentran a rebosar de porquería y excrementos desde hace mucho tiempo. No es cuestión de ser "tiquismiquis", pero estaría bien que alguien se encargara de vaciarlas porque cuando acaben las obras y venga el encargado de ello es posible que se ahogue en secreciones caninas.

Muchas gracias.

Pd.: El suelo está quedando preciosísimo."

Sí, lo sé, la formalidad no es lo mío.

jueves, junio 04, 2009

Tururú

Siento desilusionaros: no he muerto. Mi ausencia es debida a un cóctel molotov de exámenes, trabajos, vicio (mucho vicio) y otros hobbies que me tienen totalmente alejada de la blogosfera. Soy mala, ¿eh?

Es lo típico de las épocas de exámenes. Necesitas aislarte y realizar tareas que no supongan una actividad cerebral superior al 15% de lo usado habitualmente. El tiempo libre lo dedicas a salir, a ser feliz, a ver pelis y a viciarte de la forma más insana posible. No es cuestión de abandonar tus hobbies habituales, es sobrevivir. La principal consecuencia es que te quedan muy pocas cosas interesantes que comentar. Tienes la vida en pause, a la espera, y esperas con paciencia que todo acabe y vuelva aquello a lo que solemos llamar felicidad.

Por otra parte, he estado reflexionado seriamente sobre mi futuro y he llegado a la conclusión de que quiero trabajar en los Servicios de Protección Infantil o algo relacionado con la inadaptación social. Es duro pero me gusta. Seguramente miraré de hacer las prácticas con algo relacionado con ello y si no soy capaz de soportarlo ya lo descartaré y me dedicaré a lo que me interesaba en un principio (el trabajo con personas con discapacidades).

Finalmente, me han surgido otras dudas como si al acabar la carrera debería empezar el FP de Ilustración (que siempre lo he querido hacer) o si decantarme más hacia la fotografía (que es más caro pero me encanta).

Dudas... dudas... dudas...

domingo, mayo 10, 2009

La Jetée y los doce monos

Cuando vi por primera vez Doce monos lo pasé tremendamente mal. El fin del mundo por un virus que tan sólo dejaba con vida a un 1% de la población que debía permanecer en cuarentena, evitando salir a la superficie para acabar infectados, me aterrorizaba. Fue una de mis películas apocalípticas favoritas de la infancia.

Hace un par de días descubrí que este film está basado en un corto de 1962: La Jetée, de Chris Marker. Busqué en el todo poderoso Youtube y... voilá, a disposición de todo el mundo. Los autores de un blog llamado Monstruos invisibles habían tenido la bondad de subirlo a una lista de reproducción dividido en tres partes y subtitulado al castellano.



miércoles, mayo 06, 2009

Oye... ¿quieres?

La gente no sabe lo afortunada que es al poder miccionar sin miedo, lo dice una persona que desde anteayer tiene fobia a los servicios. Es un privilegio del que creemos que gozaremos durante toda nuestra vida, inconscientes de que en algún momento tendremos que hacerlo mordiendo algo para ahogar nuestros alaridos de dolor. Desde ese momento cuando alguien te dice "voy al baño" sientes la envidia, el rencor hacia aquel que puede desahogarse sin lágrimas, sangre, ni sufrimiento.

Ayer por la noche me vi finalmente motivada para ir a urgencias. Supongo que ya se puede intuir por qué.

La sala de espera estaba abarrotada de gente absorta con el fútbol (resulta que ahora ponen los partidos en las salas de espera de los hospitales, por si te estás desangrando y no quieres ir al médico por no perderte un gol). Me senté y esperé cuarenta y cinco minutos hasta que una auxiliar se presentó ante mi y me ofreció un bote. Me arrepentí haberme sentado justo debajo de la tele, lugar estratégico para que todas las miradas captaran la escena en su plenitud. No hicieron falta palabras, todos sabíamos lo que debía hacer... todos excepto mi madre, que hizo su aparición por si a alguien le había quedado alguna duda.

"¿Para qué es?"

Nunca, repito: nunca hay que preguntarle a una auxiliar que en breves acabará el turno la función del misterioso bote que te dan delante de toda la plebe. No te contestará, te lo gritará sin miramientos.

El inconveniente de todo este asunto no es que al decir que vas a "empolvarte la nariz" todos sepan que estás mintiendo. El problema, el gran problema, es que saben que vas a salir con un botecito de pipí recién salido de fábrica y todos desearán verlo.

Sí, parece absurdo, pero cuando llevas dos horas echando raíces en la sala de espera de un hospital siempre tienes la esperanza de que aparezca un nuevo paciente con algún miembro amputado. En el caso de no tener tal suerte, siempre te puedes conformar evaluando los síntomas de tus compañeros de silla y el tiempo que les queda de vida. Así que un botecito de pipí recién exprimido puede ser un entretenimiento muy interesante para personas que mueren de aburrimiento y se consuelan con el sufrimiento de otros.

Es por eso que al tomarte una muestra de orina de forma autónoma dejas de ser un paciente: te vuelves un traficante. Ellos quieren ver lo que llevas y tú esconderlo, como si el pipí fuera ilegal, como si se inyectase. Lo ocultas entre tus manos sin atreverte a meterlo en el bolsillo por las posibles consecuencias. Notas que te observan, bajas la mirada, disimulas: tú no llevas nada, que a ti no te registren. Quieres librarte de la mercancía rápido para que no te lleven p'alante, te giras hacia el que está a tu lado, bajas el tono de voz y se lo susurras... "Osheeee... ¿Orín? Veinte pavos el chupito.

Hay cosas que son difíciles de contar sin resultar ligeramente soez... lo importante es que lo he intentado.

lunes, mayo 04, 2009

Quiero ver X-Men Orígenes: Lobezno... Digan lo que digan

Aunque aún no he visto X-Men Orígenes: Lobezno he podido leer en la red multitud de opiniones acerca de lo buena o mala que es la película y, a pesar de que la opinión general sea de "quemad la cinta por favor" voy a ir a verla sin dudarlo ni un instante.

No es por los efectos especiales, ni por la historia, ni por ser una película inspirada en un cómic que en mi infancia me emocionaba. Es porque Hugh Jackman está bueno. Así de simple.

Con este actor me vuelvo como aquellos tíos que dicen que una tía está buenísima a pesar de tener la cara de un Troll, vivir debajo de un puente y comer niños. A Hugh Jackman le permito tener cabeza sólo porque sin ella el resto del cuerpo no funcionaría (es su único defecto físico). No me interesa ni su inteligencia, ni su bondad, ni su simpatía. Igualmente no le voy a conocer y nunca me va a contar un chiste: así que evidentemente mis sentimientos hacia él distan bastante de cualquier concepción romántica, idealización o fantasía con una relación duradera. Es más bien una relación de "tú actúas y yo intento no deshidratarme por exceso de salivación en el cine".

Para las personas del género masculino que no lo entiendan: para nosotras ir a ver a Jackman es lo mismo que para vosotros ir a ver a Angelina Jolie. Nos emocionamos igual cuando el guión exige un desnudo integral o cuando hay un plano sugerente.

Desde que le conocí otros actores como Brat Pitt o Johny Deep quedaron totalmente eclipsados por el tamaño de sus pectorales, la musculatura de su espalda y, sobretodo, por sus venas. Esos excepcionales conductos sanguíneos que hicieron volar tanta imaginación y sangrar tantas narices en Australia y que pasaron tan desapercibidos para los varones heterosexuales.


¿Qué se esconde tras ellas? ¿El gran Cthutlhu?

miércoles, abril 29, 2009

Lo hice

Lo acabo de hacer. Hace años que no lo hacía pero el destino me ha arrastrado a ello y, ya que estaba, lo he hecho con ímpetu, con decisión, con toda mi alma, con el pie izquierdo: he pisado La mierda.

Y si la llamo así es porque no me refiero a una boñiga cualquiera. No, esta debía de tener nombre propio. Desde luego no era uno de esos monumentos perrunos que se olvidan con facilidad, sino uno en los que descubres que sabes insultar en chino mandarín y arameo. Me he hundido hasta las rodillas, un poco más y muero ahogada en un mar de caca. Aún me pregunto cómo se lo hubieran dicho mis padres a mis abuelos.

Me ha venido a la miente mi querida tía. Era especialista en pisar deposiciones caninas. Cada vez que lo hacía en mi presencia se reía y decía que daba buena suerte, que a veces las pisaba aposta para ver si algún día le tocaba la lotería. Siempre la he valorado por su inquebrantable fe hacia la religión de los detritos, ya que aunque ella sola haya pisado alrededor de mil ejemplares conservando el mal azar habitual nunca ha dejado de creer.

Es posible que si me hubiera convertido a sus creencias en el momento adecuado me lo hubiera tomado mejor. Quizá hasta me hubiera reído. Lo que es seguro es que no me habría embriagado un tsunami de frustración, enfado, ira y odio. No me habría imaginado atragantando al dueño del can con un puñado de mierda, ni haciéndole pisar los restos descalzo como si fueran uvas.

En cambio estoy aquí: atea y blogger cabreada. Hagamos una fiesta.

lunes, abril 27, 2009

Sobredosis de zombies

Este sábado experimenté las consecuencias de una sobredosis de historias de zombies.

En la última semana he hecho una sesión intensiva de dos cómics de temática zombie: Highschool of the dead, un manga un poco mediocre, y The walking dead, un cómic americano realmente bueno. Aunque su lectura tan sólo provocase momentos de tensión/intriga sin llegar al miedo, me sensibilizó en ciertos aspectos que los films del género nunca habían logrado alcanzar.

The walking dead me hizo comprender que muchas de mis estrategias planificadas de supervivencia no serían efectivas en ciertos casos y que muchas veces las personas son mucho más peligrosas que los muertos vivientes.

Para rematar mi estado de susceptibilidad hacia el tema, el sábado por la noche vimos El diario de los muertos (una obra de Romero que no se estrenó en España). La película era un documental grabado por un estudiante de cine que aprovechaba el apocalipsis zombie para hacer un reportaje de lo que sucedía, cómo afrontaban los hechos sus compañeros y sobrevivían. Aunque la película en si pecaba de ser mala y algunos efectos gore eran demasiado falsos, el formato tipo documental cámara en mano -sin llegar al mareo producido por películas como Rec- daba cierto efecto de veracidad a la historia, como si todo lo que se mostraba estuviera ocurriendo realmente en ese preciso instante. Este fue el último chute de adrenalina de origen zombie fue la que me provocó la sobredosis y comprendí que un exceso del género de terror puede provocar extraños estados de paranoia y nerviosismo.

El primer síntoma lo sufrí en el oscuro pasillo de la casa de mi novio tras salir del baño. Una sensación de que algo iba a salir de la oscuridad y a morderme un ojo me empezó a provocar temblores que me hicieron poner pies en polvorosa.

De vuelta a casa me fui cruzando con los borrachos habituales del fin de semana, gente muy maja que se tambalea de un lado al otro y conversan entre ellos mediante sonidos gurgutales. Cuando llegué a Olmos (una calle comercial muy larga que hace cuesta abajo) divisé un sujeto que se movía de forma idéntica a un zombie: no sólo se tambaleaba, sino que arrastraba una pierna y tenía la cabeza echada hacia atrás -como si se moviera por inercia y no por voluntad propia-. Al principio el chico en cuestión me pareció bastante cómico, pero en el momento en el que nos íbamos a cruzar decidió dejar de caminar hacia delante e hizo una diagonal directa hacia mi. Me asusté, pensé que me iba a morder, así que me aparté sigilosamente hacia un lado y logré que el muerto siguiera su camino sin percatarse de mi presencia.

Llegué a casa con los nervios un poco más alterados de lo normal y, cuando me disponía a meter la llave en la cerradura del portal... ¡zas! Alguien abrió la puerta.
Grité y mi vecino se descuajarringó de la risa... y más aún al justificar mi susto diciendo que había estado viendo películas de zombies.

Queda claro que cualquier cosa en exceso es mala para la salud.

Pd.: Me ha hecho mucha gracia la foto del gatito zombie porque una vez soñé que varios de ellos me mordían los tobillos.

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