No sé por qué pero cuando estoy de buen humor no me apetece escribir. No sé, no tengo ganas de criticar a nada ni a nadie... Y no porque no encuentre cosas que criticar, sino porque el simple hecho de ponerme a despotricar contra algo arriesgando mi estado de ánimo me parece una tontería.
Uno de mis grandes problemas como persona es que, cuando estoy contenta, me vuelvo bastante tocacojones. No en el sentido negativo, sino en el sentido gracioso (o al menos para mí).
Por ejemplo, hoy me he puesto a hacerle una tarta de queso a Jordi para celebrar mañana un poquito su cumpleaños con los compañeros y el bicharraco (le llaman BWS) del Aula Linux y de la universidad. Estaba poniendo las claras a punto de nieve con un aparato en forma de espiral. No sé si alguna vez habréis visto o utilizado uno, pero he de decir que el movimiento que haces con la mano es parecido (si no es el mismo) que el que hace un hombre al hacerse el "autoamor" (no pienso decirlo en francés para que tenga más glamour). La cuestión es que tras diez minutos dale que te pego sin que la cosa cuajara mi padre ha pasado por la cocina y se me ha encendido la bombillita.
"Papá, ya que este movimiento te debe resultar bastante más conocido que a mi... ¿Puedes hacerlo tú?"
Me encanta soltarle barbaridades a mi padre, su reacción es bastante divertida. Mi madre se ríe y se hace la loca, pero mi padre... el pobre se queda en una encrucijada en la que no sabe si reír, disimular o dejarme inconsciente de un capón. Normalmente se chiva a mi madre escandalizado y acaba diciéndome que estas bromas se las tengo que hacer a mis amigos, no a mis padres. Yo, como considero que mis padres son mis amigos (los mejores ya que me dan dinero y me hacen la comida) les sonrío y les suelto otra y otra hasta que alguno me responde con una burrada similar.
Cuando tengo tardes así, en las que estoy con mis padres haciendo cualquier tontería y riéndonos de chorradas, se me quitan un poquito las ganas de independizarme... Me siento familiarmente feliz.
Ahora: ejecutadme por ser tan cursi... o me suicido.
jueves, octubre 29, 2009
Tartas de queso
Dicho por
Jill
en
12:31 a.m.
Etiquetas:
cien razones para la independencia,
vida
Enlaces a esta entrada
lunes, octubre 19, 2009
Aquel chico enfadado...
El otro día me encontré con un ex-compañero de colegio. Uno de esos que ni fú, ni fa. De los que nunca te habías preguntado qué había sido de su vida (ni por cariño, ni por rencor).
La verdad es que me hizo gracia. De joven siempre estaba enfadado, era una persona bastante agresiva. Supongo que algo tenía que ver el que le llamaran cabeza huevo y le tocaran reiteradamente las narices. Creo que yo nunca utilicé su pseudónimo. Tampoco le defendí. Supongo que por una parte fue porque nunca había visto una iracunda vena palpitante en la cáscara de un huevo. Por otra, estaba demasiado ocupada tratando de volverme invisible y desaparecer a los ojos de aquellas hienas adolescentes.
En los colegios es así. O eres depredador y atacas y devoras a tus víctimas, o eres alimaña que se esconde tras el follaje esperando no ser descubierto y recibir un buen mordisco. En esa selva escolar a veces podías encontrar a algún ser humano, pero generalmente esa condición antropomórfica del "niño-humano" era tan sólo una ilusión que duraba apenas unas horas. Los profesores actuaron siempre como simples investigadores de la fauna y flora del lugar: mirar pero nunca intervenir.
La verdad es que me hizo gracia. De joven siempre estaba enfadado, era una persona bastante agresiva. Supongo que algo tenía que ver el que le llamaran cabeza huevo y le tocaran reiteradamente las narices. Creo que yo nunca utilicé su pseudónimo. Tampoco le defendí. Supongo que por una parte fue porque nunca había visto una iracunda vena palpitante en la cáscara de un huevo. Por otra, estaba demasiado ocupada tratando de volverme invisible y desaparecer a los ojos de aquellas hienas adolescentes.
En los colegios es así. O eres depredador y atacas y devoras a tus víctimas, o eres alimaña que se esconde tras el follaje esperando no ser descubierto y recibir un buen mordisco. En esa selva escolar a veces podías encontrar a algún ser humano, pero generalmente esa condición antropomórfica del "niño-humano" era tan sólo una ilusión que duraba apenas unas horas. Los profesores actuaron siempre como simples investigadores de la fauna y flora del lugar: mirar pero nunca intervenir.
Dicho por
Jill
en
9:45 p.m.
Etiquetas:
reflexiones,
un poco de juicio con el café,
vida
Enlaces a esta entrada
Suscribirse a:
Entradas (Atom)