Hasta ayer tenía un hámster ruso.Me lo regaló mi hermano por mi cumpleaños hace más de tres años. Se llamaba
Ebi-chan, cómo el hámster
pervertido de
un delirante anime con el que estaba medio obsesionada por aquella época. Este nuevo amigo fue el objeto de mis experimentos sobre condicionamiento operante durante mi primer año de universidad entrenándole para que se subiera a mi mano cuando se realizasen una serie de pautas.
Al principio era gris, activo, violento y con los ojos del mismo tamaño; sin embargo, con el paso de los años su pelo se volvió blanquecino, dejó la rueda por las pipas y, aunque siguió conservando esos arranques de odio hacia la humanidad, uno de sus ojos aumentó de tamaño (eso o el otro disminuyó, no se los había medido antes del suceso).
A pesar de que la media de vida de un hámster
de este tipo ronda entre los 2 y los 2'5 años pude disfrutar de su compañía durante más de tres largos años (casi cuatro). Esta extraña durabilidad
me hizo pensar, a pesar de sus evidentes muestras de vejez, que era
inmortal.
Así que, cuando se semi-arrastraba por la jaula a causa de su parálisis de las extremidades inferiores (supongo que causada por artritis o por su edad misma) o cuando se intentaba subir al bol
del alimento y se caía panza arriba obligándome a ayudarle a subir con un empujoncito
en el culo, yo
no me reía, sino que le observaba con admiración. No me importaba tampoco limpiarle con bastoncillos húmedos cuando se manchaba con su propio orín, ni ponerle agua mineral en el bebedero y darle suplementos alimenticios
como fruta, verduras, pan y queso.
Sin embargo, a pesar de creer que era inmortal, en el fondo de mi corazón sabía que mi pequeño amigo no podría correr tal suerte y que no se puede escapar siempre del abrazo de la muerte, la muy
puta siempre espera en cualquier esquina. Me era imposible evitar comprobar si seguía respirando cada vez que pasaba por delante de la jaula, como cualquier buena enfermera.
Ayer ocurrió lo inevitable y me lo encontré tieso, sin vida. Medio blando, medio duro, con la boca medio abierta. Estaba muerto, ya no era él.
Una verdadera lástima.Nunca olvidaré su grito de guerra cuando intentaba cogerlo y él no quería:
"¡Kiiiiiii!"