El niño con el pijama de rayas es un claro ejemplo de la diferencia de recursos que tiene la literatura y el cine para desarrollar una historia.En el libro todo es narrado desde los ojos del protagonista, de nueve años, que explica un mundo que no termina de comprender tras el tupido velo de la inocencia. El holocausto nazi desde los ojos del pequeño Bruno, que admira con pasión a su padre (que es militar) y no comprende el por qué los granjeros de detrás de la alambrada van siempre en pijama.
En cambio, la película (al ser visual) no puede dejar a intuir la época en la que nos encontramos y que la granja es el famoso Auswitch. La inocencia del pequeño se refleja en sus miradas y no en sus pensamientos y palabras.
Es entonces cuando la forma de contar una misma historia cambia considerablemente, pues en literatura se desea que el lector junte las piezas del puzzle hasta saber exactamente qué está pasando. En cambio, en cinta es imposible omitir esos pequeños detalles que harían que el espectador hiciera uso de su imaginación para componer las incorrecciones propias de la inocencia del protagonista.
Pero aunque el libro contenga muchos más detalles e influya de forma diferente en el lector, la película no tiene ningún desperdicio.
Me gustó especialmente la fotografía, la interpretación de la madre y la realización de un final realmente estremecedor y emotivo (ya sabía que el argumento era bueno de antemano). Desgraciadamente su ritmo inicial me pareció innecesariamente lento, como desacompasado. Me dio rabia porque de no haber sido así podrían haber mostrado más la ingenuidad de Bruno.
Recomiendo tanto la película como el libro. No sólo porque sea una gran historia, sino como elemento comparativo de lo diferente que puede llegar a ser contar exactamente lo mismo en un medio u otro.





