Sé que se me añorará, que vertiréis lágrimas por mi ausencia... Pero debo hacerlo por el bien de mi salud mental.
Un beso y hasta el día 1.
Las tiendas Norma de Palma de Mallorca nos traen al dibujante Óscar Martín (del cual os dejo una pequeña biografía de la Guía del cómic) para la presentación de La hermandad y Solo en el "espainorma".
Atraída (o más bien arrastrada) por el dibujo y un par de imágenes que pude hojear en el interior, no me pude resistir a comprar Jazz Maynard, un cómic de género negro de Raule y Roger que me tiene totalmente enganchada.
Cómo ayer Un año en Amman me reenvió a una de mis tiendas favoritas online (que hacia bastante tiempo que no visitaba) como regalo de fin de semana he decidido comentar mis tiendas frikis favoritas.
Llegas a casa agotada, exhausta de un día que podrías calificar de mierda. Esquivas a esos bichos peludos (a los que tu hermano suele llamar "perros") que se te meten entre las piernas, intentando partirte la crisma, deseando llegar a tu cuarto. Te encierras, te tumbas y solo deseas morir. Morir tranquila y en paz, sin hacer nada.
Morir por vaguez, por no tener que realizar el esfuerzo de respirar, de bombear tu corazón o cualquier otro proceso corporal no voluntario. Entonces lo oyes: ¡Niña! ¡Emparéjame los calcetines y guárdalos!
Para mí hay cuatro torturas insufribles: comprar zapatos, comprar ropa interior, comer el osobuco de mi padre y casar calcetines. Antes de realizar cualquiera de estas cuatro tareas preferiría aguantarle un clavo a un culturista ciego.
Mi problema con los calcetines es arto complejo pero fácilmente comprensible: Para empezar tengo unos doscientos pares de calcetines. Tengo calcetines de colores, a rayas, con letras y con dibujitos. Todos diferentes y la gran mayoría parecidos.
El hecho de emparejar calcetines se vuelve, entonces, como un juego mnemotécnico de "me suena este calcetín, creo que lo he visto en el montón". Esto en si no me supone ningún conflicto. Es decir que, si mi relación con mis calcetines fuera simplemente esa, no sufriría ningún tipo de frustración al tener que guardarlos.
Mi problema real se da a causa del archiconocido poltergeist traga-calcetines. Toda persona con calcetines tiene uno en su casa. En el caso de que sea vuestro caso por necesidad habrá uno en la vuestra. Este extraño fenómeno (no visible ni perceptible de ninguna forma) es el que se encarga de hacer desaparecer un calcetín de cada par que tengáis. Los absorbe hacia un universo paralelo de calcetines, tapones de bolígrafo y cierres de pendiente olvidados.
La consecuencia directa en mi caso (ya que se ve que está macabramente obsesionado conmigo) es que el "me suena este calcetín, creo que lo he visto en el montón" del inocente juego mnemotécnico pasa a ser un "mecawënlaputa quince calcetines para doblar y todos dispares" que deriva en una búsqueda exhaustiva en el cajón de los calcetines solteros (porque por extraño que parezca tengo un cajón para los que sí tienen pareja y otro para los que no, por si algún día vuelven de "comprar tabaco").
La causa de mi malestar surge entonces de una combinación de todos estos factores: la proliferación de calcetines sin pareja unido a la irritante similitud de todos mis calcetines. Buscar un calcetín dispar entre cien calcetines dispares parecidos puede resultar ligeramente exasperante. Más o menos como este post.
Todo este tema me suscita la inquietante duda del por qué nunca me he planteado comprarme todos los calcetines del mismo modelo y color.
Fin de la búsqueda y del llevar calcetines de diferentes colores.

Ayer, entre reflexiones existenciales, llegué a una pequeña (pero sin duda importante) conclusión: Si he de escoger entre enfrentarme a psicópatas, fantasmas o zombies escogería sin duda la última opción.
Al fin pude terminar de ver Grindhouse con el estreno de Death Proof, escrita y dirigida por Quentin Tarantino.